Leído así, de sopetón, parece que yo tuviera algo contra el cuadro, pero no. La afirmación viene de un tipo del Imperial College de Londres, que publicó hace un par de meses un artículo al más puro estilo CSI. 

Antes de leerlo, nunca me hubiera imaginado que la Venus en cuestión sufriera problemas de tiroides. Sin embargo, a esta conclusión llegó hace tiempo un grupo de investigadores que pensó que por muy rolliza que se le dibujara, más que papada esta chica lo que debía de tener era bocio. 

Ahora le ha tocado el turno a la sirvienta, que también tiene bocio. Y lo que yo hubiera jurado que era un efecto de las pinceladas resulta que tiene toda la pinta de ser vitiligo. 

Pero bueno Rubens, si más que un cuadro esto parece un tratado de medicina!!! 

La cuestión es que si estas dos chicas existieron de verdad y coincidieron en tiempo y lugar debieron de estar expuestas a algún factor ambiental que desencadenase todo esto. Y no lo digo yo, lo dice el del Imperial College, que a este paso le contratan de guionista en la mencionada serie de investigación. 

Rubens pintó el cuadro en 1615 en Amberes al norte de Bélgica, zona vinculada históricamente con elevados consumos de yodo. Esto podría explicar el origen del bocio en la Venus y de un tipo de tiroides autoimmune responsable del vitiligo con bocio de la sirvienta. 

En las enfermedades autoinmunes las defensas del cuerpo, un tanto trastocadas, atacan al propio individuo. 

En el caso del bocio, este ataque va dirigido a la glándula tiroides, provocando el abultamiento de la zona delantera del cuello, por debajo de lo que llamamos comúnmente la nuez. 

En el vitiligo, el ataque afecta a la pigmentación de la piel y del cabello de forma irregular, lo que provoca la aparición de unas manchas decoloradas muy características. En la sirvienta podrían verse en varias zonas del rostro y del cuello, y en el mechón de pelo blanco recogido hacia atrás. 

Es curioso que “La Venus en el Espejo” se haya convertido en la primera representación pictórica del vitiligo. Antes solo se habían encontrado pequeñas descripciones en textos antiguos. 

Pero lo más relevante es que estos descubrimientos podrían aportar una visión histórica de la distribución, frecuencia y factores desencadenantes de la enfermedad del tiroides en el norte de Europa, lo que se conoce como epidemiología. 

Dicho esto, vuelve a mirar el cuadro. ¿A qué la Venus tiene bocio y su sirvienta vitiligo? 

Estamos familiarizados con la idea de bacterias buenas y bacterias malas. La industria cosmética lo sabe.

Términos como “respetuoso con el microbioma”, “imita o estimula la protección natural de la piel” y otros que no quiero ni repetir se han hecho cada vez más frecuentes.

¿Pero de dónde se han sacado esto?

Pues a ver, hay hechos científicos que casi todos tenemos muy claros. Uno de ellos es que las bacterias que están en nuestro tracto digestivo son necesarias, y que si queremos gozar no solo de una buena digestión sino también de una buena salud debemos de cuidarlas.

De ahí que en los refrigerados del supermercado haya un sinfín de yogures repletos de bacterias buenas que prometan mantener a raya a las que no lo son. Y que además, para el que no es muy de yogur, haya suplementos alimenticios con tal concentración de bacterias amigas que ni en una placa de laboratorio.

Y pensaréis —si muy bien pero, ¿qué tiene que ver todo esto con un cosmético?

La idea tiene su fundamento, la piel también tiene sus microinquilinos. Y tal y como ocurre en los intestinos (por dios, que palabra más fea), son muy necesarios para que mantengan la piel saludable y actúen evitando la entrada de todo mal bicho que se digne a aparecer.

La microflora de la piel (a los de marketing les gusta más usar microbioma) está formada por muchísimas bacterias, cada una de su padre y de su madre. De hecho, hay tanta diversidad que es un enorme problema hacer un “censo” de estas bacterias. Varían de la cara al antebrazo, entre la mano derecha y la izquierda, entre hombres y mujeres, jóvenes y adultos. Y si incluimos los hábitos de higiene, estilo de vida y demás, el tema se convierte en una autentica locura.

El caso es que todavía no se tiene muy claro el “para qué” de estas bacterias en la piel. Los avances técnicos están consiguiendo ponerles nombre y apellido. Aun así, es difícil comprender del todo su función como guardianes de la piel o cualesquiera que sean sus otros quehaceres.

Hasta aquí, todo muy lógico. Pero insistiréis —hablando de cosméticos, de belleza, de estar guapas… ¿y de bacterias?

Suena raro pero sí.

Se está estudiando por ejemplo el acné o la quemadura solar en relación con la microflora, y ya antes se había hecho con la dermatitis atópica y la sequedad de la piel.

Pero antes de continuar, ¿os suenan los PREbióticos y los PRObióticos?

Los PREbióticos, son comida para las bacterias buenas, para que crezcan bien y trabajen más, pero para las malas son todo lo contrario. Y los PRObióticos son bacterias buenas, vivas o adormiladas, que ayudan a equilibrar las microfloras del intestino o de la piel.

Pues bien, en el año 2005 salió al mercado el primer cosmético con PREbióticos, que incluía extractos vegetales de pino, arándano y ginseng, capaces de reducir el número de P. acnes, la bacteria responsable de la inflamación de la piel con acné. Después llegaron PRObióticos que mimaban a S. epidermidis ayudando así a las pieles sensibles y enrojecidas.

Poco a poco, el mercado ha ido creciendo y actualmente este tipo de cosméticos constituyen un diminuto nicho con un potencial gigante. Uf, con esta última frase parece que soy de marketing.

Llegados hasta aquí, seguro que tendréis en mente la pregunta del millón.

Y sí, a mí me gustan. Principalmente por tres razones:

Primero, son cosméticos pensados para actuar en la capa más externa de la piel, la epidermis. Y esto facilita muchísimo las cosas.
Segundo, el uso de PRE y PRObióticos a nivel terapéutico viene de largo, así que aprovechar estos conocimientos es un buen comienzo.
Y tercero, hay muchos científicos estudiando y publicando cosas súper interesantes.

Las evidencias científicas son un requisito fundamental para el éxito de un producto, y más cuando se trata de un cosmético ya que la credibilidad en esta industria siempre está en entredicho. He aquí, motivo número uno por el cual me he puesto a escribir este blog.

En cualquier caso, aún quedan por superar muchas dificultades.

Como el trasladar los resultados obtenidos en el laboratorio a cosméticos que gusten y satisfagan las expectativas del consumidor, o el que estos “yogures cosméticos” se mantengan en condiciones lejos del frío, y tengan una vida razonable en nuestros cuartos de baño.

Y puestos a pedir, yo pediría mejorar y abaratar la tecnología, para que en un futuro sepamos quienes son los microinquilinos que tiene cada uno en su piel, y diseñar entonces cosméticos con los PRE y PRObióticos más adecuados.

Lo contentos que estaríamos todos con nuestra piel.

Molaría.

“Eso que os acabáis de echar se está cargando los corales”

Así de claro fue Pablo, mientras nos untábamos de crema solar minutos antes de meternos en el agua en una fabulosa playa del Indico.

Acto seguido sacó de su mochila otra crema, y como si de un anuncio de publicidad se tratase, nos dijo que la suya sí se podía usar al ser BIODEGRADABLE.

Todos los allí presentes tomamos nota de aquello. La recomendación venía de alguien que ha visto ya muchos mares. Como instructor de buceo tiene la obligación moral de indicar a sus clientes que no toquen ni arranquen los corales, que no se pongan de pie en ellos y que tengan la precaución de no golpearlos con las aletas. Ahora además, evitar entrar en el agua con protectores solares.

Aquella situación me pilló completamente de nuevas. Los filtros solares siempre han sido muy controvertidos por sus efectos sobre nuestra salud, aunque su uso está bien regulado por la Unión Europea.

Pero que fueran responsables de la desaparición de los corales… De esto no tenía ni idea.

Sin embargo, hay estudios científicos que relacionan los efectos de los protectores solares no solo sobre los corales, sino sobre una gran parte del ecosistema marino que requiere de la luz del sol para vivir. De aquí, que este sea un problema que nos afecte a todos, tengamos o no en nuestras costas espectaculares arrecifes de coral como en los documentales.

Se debe a que algunos filtros solares se comportan como bioacumuladores, lo que significa que estos organismos marinos absorben estas sustancias tóxicas pero después no son capaces de eliminarlas, y acaban provocándoles algo parecido al estrés, lo que conduce al blanqueamiento de los corales y a sufrir más infecciones víricas. En definitiva, un descenso claro en las poblaciónes de estos seres vivos.

Los compuestos responsables de tal destrozo son dos, oxybenzone y octinoxate (por si hubiera alguien interesado en buscarlos entre el minúsculo jeroglífico de nombres que hay en la lista de ingredientes de un cosmético, aparecen como BENZOPHENONE-3 y ETHYLHEXYL METHOXYCINNAMATE).

En Hawai acaban de ser prohibidos. Para el año 2021 no se podrán vender ni distribuir cosméticos solares que lleven alguno de estos dos ingredientes.

Como era de esperar la industria cosmética ha puesto el grito en el cielo. Sus argumentos van dirigidos a culpabilizar del deterioro de los corales al cambio climático y la sobrepesca entre otros, a alertar sobre el aumento del riesgo de lesiones en la piel por falta de protección solar, y al hecho de que en otros países el uso de estos filtros se considere seguro.

En Europa, la cantidad máxima permitida de oxybenzone se redujo en septiembre de 2017 al 6%. El octinoxate se mantiene al 10%. Resumiendo, los seguimos usando.

Entonces, ¿en qué quedamos son buenos o no?

No es fácil contestar a esto.

La regulación europea sobre productos cosméticos los considera seguros para el ser humano en las cantidades indicadas, y por ahora, tampoco hay peligro para otras especies, pues al analizar estas sustancias individualmente en un laboratorio los resultados obtenidos no hacen suponer lo contrario.

Sin embargo, cuántas personas conoces que no usen protector solar para ir a la playa. Seguro que pocas. Si hasta mi padre que los huía como la peste me sorprendió hace poco rociándose la calva con un spray solar.

La cuestión es que al meternos en el agua perdemos al menos un cuarto de lo aplicado. Teniendo en cuenta que cada vez hacemos más caso de las recomendaciones y nos ponemos unos 36 g de crema o similar por adulto, la cantidad que queda en el mar es alta.

Pero lo relevante no está en lo que se aplica un solo individuo, sino en lo que hacen los miles que abarrotan las playas. Ahora sí que la cantidad de protector solar que dejamos en el mar se dispara. Este es el verdadero problema.

Visto así, una decisión como la de Hawai es comprensible. Los arrecifes de coral no solo son importantes por su riqueza ecológica sino también por los enormes ingresos que genera del turismo, por lo que prestar atención a su conservación es asunto prioritario.

Con lo que soy critica es con el etiquetado que llevan determinados productos solares. El que sea “biodegradable” o “respetuoso con los corales” no garantiza nada. Lo que han hecho es sustituir los dos filtros solares conflictivos por otros que también han empezado a cuestionarse.

Es evidente que se necesita mucha más investigación para poder determinar que filtros solares pueden considerarse a ciencia cierta —me encanta esta expresión— buenos o malos para el medio marino.

Mientras, los cosméticos de protección solar son y seguirán siendo fundamentales. No se me ocurriría dejar de usarlos. Pero si además utilizásemos habitualmente camisetas con factor de protección o de licra (mejor que el algodón), reduciríamos al menos a la mitad la cantidad de crema que queda en el mar.

Y este, es un gesto muy sencillo para empezar a solucionar un gran problema.